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Revista Digital

Chema Madoz: la imagen como metáfora

Por Yunier Escobar.

De muchas maneras nos podemos referir al fotógrafo Chema Madoz (José María Rodríguez Madoz, Madrid, 1958): poeta de las imágenes, creador de una sencillez épica, fotógrafo de imaginación sin límites… Sin embargo, ninguna de esas frases llegará a describir a cabalidad la obra de este español, una obra tan simple y a la vez tan compleja. Se cuenta que su primer escritorio, con cuatro años, fue la puerta de un horno, así que no debe asombrarnos que utilice objetos cotidianos (y algunos no tanto) como protagonistas de sus obras.

Es difícil colocar el trabajo de Chema Madoz en alguna corriente artística en particular. Incluso pudiéramos decir que su obra es, de cierta manera, una escuela. Algunos podrán verse tentados a clasificarlo como un surrealista postmoderno, pero lo cierto es que, mientras el surrelismo defendía y dependía del llamado automatismo psíquico, un “dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral” (como definía el mismo Bretón en el Primer Manifiesto Surrealista), el trabajo de Chema es en extremo racional y calculado.

Es además, un trabajo muy íntimo. Chema Madoz comenzaba a exponer su obra en los años 80, justo la época en la que otros fotógrafos salían a la calle para alternar con yonquis, prostitutas y rockeros. Sin embargo, en lugar de mirar hacia afuera, él miraba hacia dentro y convertía objetos en sus personajes. Personajes sin cara, al fin y al cabo, pero que también servían para discursar sobre temáticas diversas.

Discurso que parte, además, de una austeridad impresionante. A nivel técnico, sus imágenes están realizadas con una cámara Hasselblad analógica de segunda mano y siempre trabajadas con luz natural. Chema incluso llega a afirmar que él no se considera un erudito conocedor de las técnicas fotográficas. Pero la austeridad es más evidente en su discurso, en donde ha llegado a un nivel de limpieza y simplicidad exquisitos. Él mismo ha dicho que “vivimos rodeados de demasiados objetos, deberíamos quedarnos con lo básico”. Así que su obra es una gran demostración de esa filosofía: la búsqueda de decir cosas con una gran economía de recursos visuales. Tal vez por eso es tan recurrente en su obra la utilización de recursos metafóricos que le ayudan a “decir más con menos”. Según el filósofo e historiador del arte Luis Arenas, “si creíamos que Augusto Monterroso había escrito el cuento breve más corto posible (su famoso Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí), Madoz acepta el reto de llevar al límite la brevedad narrativa poniendo ante nuestros ojos un cuento de tan sólo una palabra: ese enorme que, con un solo detalle -esa navaja clavada sobre la palabra- arrastra la imaginación del espectador hasta una historia imaginada de celos o de traición”.

Es increíble que una buena parte de la obra de Chema Madoz esté hecha por encargo de grandes medios españoles como El Mundo o El País o marcas como Purificación García, Loewe, Hermès y otras. Una muestra de cómo la creatividad se impone a los estereotipos y los modos de hacer típicos de la industria de la imagen publicitaria.

 

 

 

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